• Conectados, pero no incluidos: la brecha digital que enfrentan los adultos mayores en Lima La tecnología avanza a pasos acelerados, pero millas de adultos mayores en Lima todavía encuentran dificultades para adaptarse a un mundo cada vez más digital.
  • La Comisión de Procedimientos Especiales del Senado aprobó inicialmente el informe que recomendaba ratificar a Julio Velarde como presidente del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP).

LA BRECHA QUE NO SE VE EN LA PANTALLA

 

LA BRECHA QUE NO SE VE EN LA PANTALLA

Por: Brenda Melendez 


En Lima, muchas de las actividades que forman parte de nuestra vida diaria ya se realizan desde una pantalla. Podemos hacer una transferencia bancaria, separar una cita médica, realizar un trámite o comprar algo sin necesidad de salir de casa. Para quienes están acostumbrados a utilizar la tecnología desde hace años, todo esto puede parecer bastante sencillo. Sin embargo, no ocurre lo mismo para todos. Mientras la ciudad avanza cada vez más hacia lo digital, surge una pregunta que vale la pena hacerse: ¿realmente todos estamos avanzando al mismo ritmo?


Esta diferencia entre generaciones no es solamente una percepción. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), durante el primer trimestre de 2025, el 95,6 % de las personas entre 19 y 24 años utilizó Internet, mientras que en el grupo de 60 años a más la cifra llegó al 49,7 %. Es decir, existe una diferencia de más de 45 puntos porcentuales entre ambos grupos. Si bien cada vez son más los adultos mayores que utilizan Internet, los datos muestran que su incorporación al entorno digital todavía se produce de manera mucho más lenta que entre los jóvenes.


Sin embargo, hay otro aspecto que también debemos considerar. Si el problema fuera únicamente la falta de acceso, bastaría con que todas las personas tuvieran un celular o algún dispositivo conectado a Internet para solucionar la situación. Pero no es tan simple. En una ciudad donde cada vez dependemos más de las herramientas digitales para realizar actividades cotidianas, tener un celular no necesariamente significa saber utilizarlo. Entonces aparece una cuestión que muchas veces dejamos de lado: ¿tener acceso a la tecnología realmente significa estar incluido? 


En Lima Metropolitana, casi todos los hogares cuentan con un smartphone. De acuerdo con la Encuesta Residencial de Servicios de Telecomunicaciones (ERESTEL) 2025 de OSIPTEL, el 99,2 % de los hogares limeños dispone de uno. Este porcentaje podría hacernos pensar que el problema del acceso está casi solucionado. Sin embargo, también nos lleva a mirar la brecha desde otra perspectiva. Si la mayoría ya cuenta con una herramienta para conectarse, el verdadero desafío está en saber utilizarla, comprenderla y aprovechar las posibilidades que ofrece sin depender constantemente de otra persona.



En ese sentido, una investigación de la PUCP sobre las desigualdades digitales señala que la brecha no debe analizarse solamente desde el acceso a las tecnologías, sino también desde la manera en que las personas las utilizan y las habilidades que desarrollan al interactuar con ellas. Esto cobra especial importancia en el caso de los adultos mayores, porque tener un dispositivo delante no garantiza saber cómo realizar un trámite, utilizar una aplicación o resolver un problema digital. Si cada vez más servicios pasan a depender de estas herramientas, no contar con las habilidades necesarias puede convertirse también en una forma de quedar excluido. Por eso, cerrar la brecha generacional implica algo más que facilitar el acceso: también significa ayudar a que las personas puedan desenvolverse de manera independiente.


Lima puede avanzar hacia una ciudad cada vez más tecnológica, pero ese avance no debería dejar atrás a quienes necesitan más tiempo para adaptarse. La inclusión digital no consiste solamente en tener Internet, un celular o una computadora, sino en poder utilizarlos con confianza y autonomía. Si los trámites, servicios y oportunidades continúan trasladándose a las pantallas, también debemos preguntarnos quiénes realmente pueden acceder a ellos y quiénes necesitan apoyo para hacerlo. Una Lima verdaderamente digital no será aquella que simplemente se modernice más rápido, sino aquella en la que sus distintas generaciones puedan ser parte de ese cambio.

UNA MIRADA CRÍTICA A LA BRECHA DIGITAL QUE ENFRENTA EL ADULTO MAYOR LIMEÑO

 

Conectados, pero no incluidos: una mirada crítica a la brecha digital que enfrenta el adulto mayor limeño

Por todos:


Lima avanza a un ritmo digital que no espera a nadie, y los adultos mayores son quienes más lo sienten. Según el INEI, durante el primer trimestre de 2025, el 95,6 % de jóvenes entre 19 y 24 años usa Internet, mientras que en personas de 60 años a más esa cifra cae al 49,7 %. Oscar advierte que esta diferencia de más de 45 puntos porcentuales no es solo una estadística: es el reflejo de una ciudad que digitaliza sus servicios sin preguntarse si todos sus ciudadanos pueden seguirle el paso. Cuando un trámite, una cita médica o una transferencia bancaria dependen de saber navegar una app, quienes no dominan esas herramientas quedan directamente excluidos de su propio derecho a la autonomía.

Lo más preocupante no es la falta de dispositivos, sino la ilusión de que tenerlos equivale a estar incluido. OSIPTEL reporta que el 99,2 % de hogares limeños cuenta con un smartphone, dato que a primera vista parece alentador, pero que Brenda identifica como engañoso si no se acompaña de una pregunta más honesta: ¿saben usarlo con independencia? Tener un celular en casa no garantiza poder pagar un recibo, reconocer un mensaje fraudulento o completar un formulario digital de varias etapas. El acceso al dispositivo es apenas la puerta; el verdadero problema está en lo que ocurre después de abrirla.

A esto se suma una dimensión que pocas veces entra al debate: las barreras físicas propias del envejecimiento. Yorlamm señala que muchos adultos mayores conviven con dificultades visuales, auditivas o motrices que hacen que interactuar con ciertas interfaces sea, sencillamente, una experiencia hostil. Letras pequeñas, menús complejos, tiempos de respuesta cortos y diseños pensados para usuarios jóvenes construyen plataformas que excluyen por omisión. No porque nadie haya querido hacerlo, sino porque nadie pensó en ellos al momento de diseñar.

Sin embargo, el panorama no es completamente sombrío. Piero destaca que el celular también se ha convertido en un puente afectivo real: muchos adultos mayores aprendieron a usar WhatsApp no por necesidad laboral ni por obligación burocrática, sino por el deseo genuino de ver a sus hijos y nietos aunque estén lejos. Ese dato es revelador porque demuestra que la motivación existe cuando el aprendizaje tiene un propósito cercano y significativo. La tecnología, bien acompañada, puede reducir el aislamiento social tanto como ampliar el acceso a servicios.

El problema, entonces, no está en los adultos mayores ni en su supuesta resistencia al cambio. Está en cómo una sociedad distribuye la responsabilidad de adaptarse. Oscar y Brenda coinciden en que cargar ese peso únicamente sobre las personas mayores es injusto: son las familias, las instituciones educativas, las empresas y el Estado los que deben generar condiciones reales de aprendizaje, con talleres gratuitos, plataformas más accesibles y acompañamiento sostenido. Enseñar paso a paso, sin reemplazar la autonomía del otro, es la diferencia entre incluir y simplemente resolver el problema por ellos.

Yorlamm y Piero lo resumen con claridad: cerrar la brecha digital generacional no es una cuestión tecnológica, es una cuestión de justicia social. En una Lima donde cada vez más derechos se ejercen desde una pantalla, quedarse fuera del mundo digital significa quedarse fuera de la ciudad misma. Los adultos mayores no necesitan convertirse en expertos digitales de la noche a la mañana; necesitan que el entorno se construya pensando también en ellos. Porque una ciudad verdaderamente conectada no es la que tiene más cobertura de señal, sino la que no deja a nadie atrás.